«LA FÁBULA DEL DURAZNO Y EL PISTACHIO»
En la góndola de «Ofertas del Día», un Durazno de piel perfecta y brillo de neón le hablaba a un Pistacho que descansaba en un rincón, medio oculto en su bolsa de arpillera.
—Mirá, flaco —dijo el Durazno con tono sobrado—, tu sistema es obsoleto. Estás ahí encerrado en esa cáscara de regulaciones, gastando energía en protegerte, esperando que alguien «te abra». Yo soy libre. Mi valor lo determina el ojo del cliente ahora mismo. No tengo barreras, no tengo intermediarios entre mi dulzura y el consumidor. Eso es el progreso: la libertad total de ser devorado.
El Pistacho, con su característica grieta que parecía una sonrisa socarrona, le contestó:
—Lo que vos llamás «libertad», yo lo llamo desprotección. Vos sos un individuo solo contra el mundo. Si sube la temperatura, si te toca una mano un poco fuerte o si el mercado se olvida de vos un martes a la tarde, te deshacés. No tenés nada que te sostenga cuando el clima se pone espeso.
—¡Excusas de casta botánica! —saltó el Durazno—. El riesgo es parte del juego. Yo prefiero ser hermoso y efímero que vivir oculto detrás de esa muralla de calcio que te inventaste. ¡Abajo las cáscaras! ¡Viva la fruta libre!
En eso, se cortó la luz. Un clásico de nuestras latitudes. El aire acondicionado murió y el calor húmedo empezó a filtrarse por las persianas.
Pasaron las horas. El Durazno, en su afán de no tener límites ni protecciones («el mercado me cuidará», decía), empezó a sudar un almíbar pegajoso. Sin una estructura que lo defendiera del ambiente, su propia libertad lo condenó: se puso fofo, le salió moho y perdió todo su valor. Nadie quería un durazno que se caía a pedazos por falta de sostén.
El Pistacho, mientras tanto, seguía ahí. Su cáscara —esa analogía del humanismo y el contrato social— lo mantenía fresco. Esa protección no era una cárcel, era lo que le permitía conservar su identidad a pesar del caos exterior. Sabía que su valor no era para el consumo descartable, sino para nutrir de verdad a quien tuviera la paciencia de reconocer su proceso.
Cuando volvió la luz, el verdulero tiró al Durazno al tacho de desperdicios. El Pistacho, en cambio, fue llevado a una mesa donde un grupo de amigos arreglaba el mundo entre charla y charla.
Moraleja filosófica:
El Durazno (Anarcocapitalismo): representa la apuesta por el individuo absoluto sin «cáscaras» (Estado, instituciones, lazos sociales). Es brillante y seductor en la abundancia, pero extremadamente frágil ante las crisis. Sin estructura de protección, cualquier cambio en el «clima» lo destruye.
El Pistacho (Humanismo): Representa la convicción de que el ser humano necesita una estructura (la cáscara) para proteger su dignidad y su esencia. Esa protección permite que la «semilla» (el potencial humano) llegue a destino sin ser corrompida por las inclemencias del entorno.
En la idiosincrasia argentina, hemos tenido muchos «duraznos» que prometieron la libertad del brillo inmediato, pero siempre terminamos volviendo al «pistacho»: esa capacidad de aguantar, de protegernos entre nosotros y de saber que lo que realmente alimenta es lo que tiene sustancia por dentro, no lo que mejor se vende en la vidriera.


