


Por Marco Zorzoli
(En el primer mes aniversario de su fallecimiento)
Octubre de 2011. Se concretaba la reelección de Cristina Fernández que le otorgaba cuatro años más al proceso iniciado por su marido en medio de las turbulencias que dejó la crisis del 2001. La situación del país en ese momento era muy distinta. La política se había insertado nuevamente en la centralidad de la vida de las personas. La frivolidad quedó de lado y lo que se discutía eran ideas.
Durante la etapa nefasta existió un personaje que sobrevoló aquellos tiempos de individualismo extremo. Por supuesto que no fue el único, pero desde su lugar comenzaba a construir su excepcionalidad. El tipo no debió nacer aquí. En una tierra saqueada que supo destruir cualquier faro moral que quedaba a la vista, con personas engañadas y maniatadas según los intereses del poder de turno. En un lugar como este, el tipo fue único.
Sin embargo, la asociación, aunque sea bastante figurativa, no termina siendo del todo justa para con su persona. En un país cegado ante personalidades con oratoria soberbia, este ser singular se metió en los corazones de la gente común increíblemente por su carencia de carisma. ¿Cómo es esto posible? Rompiendo paradigmas político – afectivos, el público captó en el aspecto genuino de un médico anestesista la posibilidad de concretar el sueño colectivo eludido por razones que hacen a esta tierra tan única como a este personaje.
Las contradicciones se concretaron en la cabeza de este hombre que estaba gobernando la tercera ciudad de este enredo llamado Argentina. La añoranza colectiva debía aguardar nuevamente, era el momento de resistir. Pero también de cambiar la realidad.
El color verde comenzó a tomar preponderancia en la vida de los rosarinos, ya que no solo no volverían a ver los restos de terrenos olvidados apoderados de oxidación y suciedad, sino que el embellecimiento de una ciudad rodeada por un río al que casi no miraba, iba de la mano con el disfrute de pasar un atardecer de domingo en el espacio público que se merecían. Este hombre veía oportunidades en donde ningún otro las observaba, pero por ahora parecía inofensivo.
Leía mucho. Tenía el poder de transformar vastos asuntos en ideas parvas y concisas. Tomaba la iniciativa e iba a pasar tiempo con la gente, recorriendo la ciudad, ya sea por obligación o en su tiempo libre, veía un lugar donde faltaba un contenedor, lo anotaba en su cuaderno y en la semana era una cuestión más de resolver. El contacto con la gente era vital.
A la hora del estallido, el hartazgo de la sociedad, como era de suponer, fue hacia los políticos entregadores que jugaron para sus prioridades. Es interesante insistir con lo último, porque como pocas veces sucede, la gente supo diferenciar y el cantico característico de aquellas manifestaciones por más que suene a generalización, la excepción era este tipo. Y allí este buen hombre, tuvo la certeza de que las cosas podían cambiar, el cariño que los rosarinos le mostraron era sinónimo de agradecimiento por no traicionarlos en tiempos de inutilidad consciente.
En este país, nada es fácil para la gente buena, y este tipo, por primera vez en su carrera no fue la excepción. Luchó contra un sistema obsoleto que permanecía por sencilla conveniencia. Contra la presión contenida e ineficiencia de un partido histórico pero pequeño, no acostumbrado a papeles protagónicos. El sueño, igualmente iba tomando forma.
Derramando autenticidad andaba. Como nueva cara, era fresco todo lo que transmitía, desde sus más mínimos gestos hasta las cosas que había hecho en la ciudad y que quería trasladar a la provincia. Se avecinaban momentos de enfrentamiento ante el aparato peronista que requería desgaste y tiempo, algo que estaba decididamente a poner en juego en consecuencia del sueño. Tal vez se reproche este tipo, si es que alguna vez lo pensó, haber vivido exclusivamente en pos de las personas, ajenas para el en su momento, pero capaces de vivir mejor. En pocas palabras, la profesión lo devoró.
Sin dudas que esto ha sido una consecuencia que lo llevó a partir como lo hizo. Solitario. Pero con una espalda cargada de ilusiones consumadas.
Alguna vez dijeron que el mayor de sus miedos era la soledad, el ruido de la puerta que se cerraba en su casa de toda la vida y el momento íngrimo en el que quizás nada de todo lo transcurrido valía la pena. Este tipo era único, pero también como nosotros, y eso es lo más increíble.
Los instantes dubitativos existieron, pero a la hora de los principios, era infalible y sensato, nunca perdiendo la compostura claro. Recuerdo una vez, de las tantas que le preguntaron sobre la posibilidad de que Macri se uniera a su frente, en la que contestó, aseverando algo que se suponía obvio pero que al parecer era un intento más por quebrantarlo, «ni en estas elecciones, ni las próximas, ni las próximas». Apoyado corporalmente, esta fue una de las pocas veces que lo vi así, a alguien que ubicaba al diálogo en primer lugar y nunca dejaba títulos rimbombantes. Pero al parecer la necesidad de despegarse de «todo lo que está mal» como dirían ahora, era liberadora y catártica.
Como decíamos antes, este dirigente que se escudaba en la honestidad y en la coherencia era un bicho raro. Sin declaraciones polémicas ni enfrentamientos que no sean ideológicos. Su forma de ser cautivó y le jugó en contra, pero fueron los hechos los que elevaron el sueño a un lugar tangible.
La provincia lo pudo tocar y disfrutar. El primer intento nacional en los comienzos de la década fue el inicio de la ilusión. Desde ahí, nada volvería a ser igual para este hombre, que sería víctima de operaciones infames de desgaste que a pesar de su inverosimilitud jamás fueron motivo de disculpa por los energúmenos que las introdujeron. El tipo sufrió mucho, pero el sueño estaba en sus pares, en los jóvenes y mujeres. Hasta que un día no dio más, y vos que estás leyendo, tus hijos, nosotros, nos perdimos el país normal de Hermes Binner.