Todos los días un poco

POR MARCO ZORZOLI

El calor de los últimos días. Sofocante, uno imagina, similar al San Paolo a finales de la década del 80. Luego se apresuraba el cielo en cubrirse de gris junto al viento irreparable y así, desencadenar la lluvia inevitable. Presagio de la noticia que aún no vemos. No creemos. Y por otro lado tampoco entendemos. Porque a pesar de que algún flemático lo esperaba racionalmente después de las semanas que estuvo internado, nunca pensás que se va Diego Armando Maradona para siempre.

Cómo se va a ir la persona en la que depositamos sobre su espalda la dignidad. La nuestra, la de un pueblo, la de una sociedad que se resquebraja y permanece después de todo en hilera mancomunada detrás de él. La que tuvo el mundo a sus pies -literalmente. La que tuvo una vida con una cámara encima desde los 16 años. La que hizo feliz a un país insalubre. La persona a la que probablemente le hayamos hecho tanto daño y que entregó demasiado sin nada a cambio. Salvo amor, y del bueno, de ese que no olvida por más que se interpongan las contradicciones más insostenibles y las actitudes que reúnan una miserabilidad condenable. Parecidas a las que toma uno, un día como cualquier otro.

El cielo se tornó gris, como Maradona. Ese con el que Signorini no va ni a la esquina. El preso de la Camorra. El tipo más famoso del planeta. Una cosa radicalmente opuesta sucede con Diego. El pibe de Fiorito, sencillo, que lo único que soñaba era con comprarle la casa a sus padres. Ese que se transformaba cada vez que entraba a una cancha, donde se le iba la vida, los problemas; como muestra de manera magistral el documental dirigido por Asif Kapadia. Diego era la inocencia, el barro, la consumación antes del mito.

De todas maneras es menester aclarar algo fundamental, Maradona no es el causante de todos los males. Tampoco es la lectura lógica que indica que se lo devoró el personaje. Ninguna fachada. Maradona estuvo obligado a forjar ese diez verborrágico y contestatario bañado de romanticismo y lucha, porque por eso es lo que es. Existían jugadores fabulosos en aquel momento, Platini, Matthaus, Rijkaard, Baresi, Baggio. Todos excelentes, ninguno con la predisposición de cuestionar las formas. Lo cuenta Victor Hugo: «De una lado está el poder y del otro los que embisten contra el poder. Él está en un lugar de solidaridad, en el lugar donde se encuentra alguien más débil». Maradona pudiendo ser Goliat, eligió siempre ser David.

Su posición también fue la que lo hizo descender a los infiernos en Nápoles. La ciudad que parecía la del romance eterno. De alguna forma el poder real se lo tuvo que aguantar y por un momento esa era la victoria del diez. En un fútbol en el que la mejor liga del mundo tenía canchas paupérrimas y los árbitros que no protegían a los artistas que respetaban el cuero. Por el momento esa era la respuesta, hasta que llegó Italia 90 y soltaron al pibe a los leones, a los oportunistas, y a los que pensaban que aquel polvillo del mal lo hacía ser lo que fue. En la historia hubo un desprendimiento tan desagradable como lo sucedido después de la cita mundialista que hizo partir a Italia en dos, como si no lo hubiera estado antes. Maradona jugó como nunca y perdió como nadie.

Argentina quedó acéfala de deidades. Se ha ido el hombre que puso en el mapa a esta nación tirada a la deriva desde hace tanto tiempo. Diego supo ser la cara de los pobres, de allá y de acá, de los nadies como dice Galeano. Pudo impartir la justicia poética jamás hecha. Porque tiene un pedacito de cada uno de nosotros y veía la injusticia desde arriba y decidió no olvidar. Hay tantas cosas sensacionales hechas por Diego, desde el consuelo al jugador correntino que perdió en los Juegos Evita hasta el partido organizado en un campito para un niño necesitado que la FIFA y el Napoli se negaron a jugar. Pero hay una acción poco conocida relatada en el libro «El último Maradona» que cuenta de manera detallada los turbulentos días después del icónico «Me cortaron las piernas». Tras haber vivido el destierro y la ida por la puerta de atrás de un mundial que parecía suyo, el 21 de julio de 1994, bajo la lluvia, se realizó la primera marcha en reclamo de justicia por el atentado a la AMIA, el mayor ataque terrorista sufrido en el país. «Más de 150 mil personas se acercaron en silencio, con el repiqueteo del agua de fondo, hasta la Plaza de los Dos Congresos. Entre la multitud, cubriéndose como casi todos por un paraguas, sin que nadie se diera cuenta, caminó Diego Maradona».

Y no. No vi en su esplendor a Maradona. Cuando nací ya era eterno, ya era de todos. Daría lo que sea por ver ese gol inigualable en directo, o el segundo que le hizo a Bélgica, lo que sea, hasta un pase estando en el Sevilla, gordo y disfrutando de la gastronomía andaluz, porque hasta en esas nimiedades era excepcional. En todo el día surgió la pregunta maldita que carcome nuestro pensamiento: ¿Habrá sabido todo lo que lo queríamos? Es normal sentir el alivio colectivo viendo los homenajes que se hicieron a lo largo del último campeonato en todas las canchas del país. Quiero creer que sí, que vio lo que el pueblo al que le confío su carrera profesional en Italia defendiendo la canción patria a las puteadas sentía por su existencia. Pero nos invade la tristeza al pensar en la paradoja que puso fin a su destino. Una vida tumultuosa transitando extremos, rodeado de gente a donde vaya, y hasta con drones indignos filmándolo desde arriba; para concluir su recorrido solo.

Esa soledad en la que partió el diez de todos los tiempos, se nos impregna de inmediato, desde ayer estamos un poco más solos sin el refugio que representaba Diego. El país se quedó sin nadie por quién adorar e inflar el pecho de orgullo, porque a lo largo de este recuerdo interminable que esperemos acabe con una resurrección al tercer día como marca el libro aquel, fuimos un puño apretado gritando por Maradona. Desde el miércoles vamos a tener a la muerte soplándonos la nuca, se fue el mejor de todos, ya se puede ir cualquiera de nosotros. La tragedia fue su compañera, al punto tal de combatirla mientras esta lo atosigaba y después irse de la mano tranquilos como si nada. Por eso mismo, esto no puede ser verdad. Y si llega a ser cierto, es tan inmenso el tipo que tenemos tiempo para recordarlo todos los días un poco.

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