EL EJÉRCITO FUSILÓ A MILES DE PEONES EN EL SUR: LA MATANZA DE LA PATAGONIA TRÁGICA (1921)
Hoy recordamos uno de los episodios más oscuros y brutales de la historia argentina: la represión militar que costó la vida a entre 1000 y 1500 obreros rurales en Santa Cruz, un crimen de Estado cometido bajo un gobierno democrático.
El Origen: Salarios de Hambre y Promesas Rotas
El conflicto, conocido como Patagonia Rebelde, estalló debido a las pésimas condiciones de vida de los peones de las grandes estancias ovinas, muchos de ellos inmigrantes, que trabajaban jornadas extenuantes por salarios miserables en propiedades de familias poderosas, como los Braun Menéndez de Estancia La Anita.
Una primera huelga logró un convenio colectivo, pero el incumplimiento sistemático por parte de los estancieros forzó la segunda y masiva huelga de octubre de 1921. Los trabajadores, organizados por corrientes anarquistas y sindicales, paralizaron la actividad de gran parte del sur patagónico exigiendo el respeto a sus derechos.
La Intervención Militar: La Orden de Matar
Cediendo a la intensa presión de la oligarquía ganadera y de la Liga Patriótica Argentina, el gobierno de Hipólito Yrigoyen (UCR) ordenó la intervención del Ejército Argentino para sofocar la protesta.
El encargado de la misión fue el teniente coronel Héctor B. Varela, quien llegó a la Patagonia con una instrucción clara: no negociar y reprimir con firmeza. Varela instauró la Ley Marcial y la orden de fusilamiento directo contra todo huelguista que se negara a rendirse.
Rendición y Masacre: Las columnas de huelguistas, acorraladas y sin municiones, se rindieron en lugares como la Estancia La Anita. Tras la rendición, el ejército procedió a separar a los líderes y a los peones, despojándolos de sus pertenencias para luego ejecutarlos en masa.
El Balance Sangriento: La campaña militar, finalizada a principios de 1922, dejó un saldo de entre 1000 y 1500 obreros fusilados, según la investigación del historiador Osvaldo Bayer.
El Silencio de Yrigoyen: Una Mancha Indeleble
A nivel nacional, la matanza fue recibida con un silencio oficial por parte del gobierno de Yrigoyen, quien delegó la responsabilidad y no realizó autocrítica.
Mientras la prensa conservadora justificaba el accionar militar argumentando que se combatía una «subversión anarquista extranjera», la masacre logró el objetivo de la oligarquía: destruir la organización obrera rural y asegurar que el régimen de explotación continuara intacto.
El legado de estos fusilamientos, sacado del olvido por la investigación histórica, representa el momento en que el Estado argentino, bajo un gobierno popular, eligió el camino de la represión más extrema para proteger los intereses de la clase terrateniente.
