
En el barrio La Paloma, el vapor de las ollas no solo transporta el olor a guiso; transporta una resistencia silenciosa. La creación de la Mesa del Hambre no es un acto burocrático, es un grito de auxilio convertido en organización frente a una crisis que golpea las puertas de los vecinos cada mediodía.
«No es fácil»: La voz de la trinchera
«La lucha que llevamos día a día con los comedores independientes es enorme. No es fácil», dice una de las referentes vecinales con la voz cargada de una fatiga que no la detiene. En sus palabras hay un agradecimiento profundo a quienes visibilizan el reclamo, pero también una advertencia: la emergencia alimentaria es ahora.
Rosita, en nombre de los vecinos de La Paloma, resume el sentimiento de muchos: «Acá la estamos apaleando, la llevamos como podemos. Si no fuera por los que nos dan una mano, no podríamos hacerlo». El hambre, ese enemigo invisible pero tangible, ha dejado de ser una amenaza para convertirse en una realidad cotidiana que obliga a los referentes a multiplicar panes y esfuerzos.
Un termómetro de la crisis: El táper y la clase media
La situación nacional se refleja en cada rincón del barrio. El diagnóstico es crudo. Ya no solo asisten los desocupados de siempre; ahora el paisaje incluye a trabajadores con empleo formal que, al final del mes, descubren que el sueldo se les escurrió entre los dedos.
«Viene gente que tiene trabajo y que no le alcanza. Vienen con un táper a recibir la comida porque el hambre no discrimina», explican desde la Mesa.
El comedor hoy cumple un rol de contención social vital. Donde el Estado retrocede, la olla popular avanza para frenar otros flagelos. Los referentes señalan que la falta de comida abre la puerta a peligros mayores: el avance de la droga en los barrios, que acecha a los jóvenes ante la falta de horizontes. «Los merenderos son un índice de contención para toda esa barriada popular», sostienen.
Más allá de las calorías: El derecho a la nutrición
La exigencia de la Mesa del Hambre va un paso más allá de «llenar la panza». Hay una preocupación técnica y humana por los valores proteicos. No basta con harina y agua; los referentes exigen carne, verdura y leche.
«Queremos que esa olla tenga lo que los chicos necesitan para crecer», afirman. Es una lucha por la calidad, por el derecho de cualquier hijo de vecino a recibir una alimentación digna que le permita estudiar y desarrollarse.
La premisa final: El trabajo como horizonte
A pesar del agradecimiento por el acompañamiento del Concejo Deliberante, el mensaje de cierre de la jornada fue contundente y cargado de una dignidad innegociable. Los vecinos no quieren perpetuarse en la asistencia.
«Nosotros queremos trabajo. No vamos a estar 20 años más rascando la olla», sentenció uno de los referentes.
La Mesa del Hambre es, por ahora, el bote salvavidas en medio de la tormenta. Pero para los vecinos de La Paloma y tantos otros barrios, la verdadera meta es que algún día la olla propia vuelva a estar sobre el fuego de cada casa, y que el comedor sea solo un recuerdo de una lucha que ganaron juntos.