«DICIEMBRE: EL MES EN QUE DEBEMOS ELEGIR UN BANDO»


A diferencia del hombre del trineo, que aparece como un destello fugaz entre las sombras de la medianoche para luego desvanecerse hasta el próximo año, este otro personaje —el de la túnica y las sandalias gastadas— no se guarda en un placard ni depende de un calendario. Él no trae objetos que se rompen, que pasan de moda o que necesitan baterías para funcionar. Él ofrece lo que hoy, mientras el sol termina de asomar por mi claraboya, el mundo más necesita: sentido.
Mientras estiro las piernas y escucho el silbido de la pava para el primer mate, entiendo que la elección es, en realidad, una postura ante la vida.
Elegir al viejo de rojo es elegir la ilusión de un momento, el brillo del papel de regalo que termina en el tacho de basura y la satisfacción inmediata que deja un vacío al día siguiente. Elegir al Niño de Belén es elegir la incomodidad de la coherencia, el desafío de mirar al que sufre no solo en diciembre, sino en el frío de julio o en la soledad de un día cualquiera.
Se dice que la Navidad es la «fiesta de la luz». Y es cierto. Pero hay luces que encandilan para que no veamos la realidad, y hay luces —como este sol de las 6:30 de la mañana— que iluminan el camino para que podamos caminar sin tropezar con nuestro propio egoísmo.
¿A quién prefiero? Mi elección está hecha. Prefiero al que no juzga mi billetera, sino la intención de mi abrazo. Prefiero al que no exige que sea «perfecto» para visitarme, sino que me pide que sea humano para encontrarlo en los demás.
El ventilador sigue girando, los pájaros han subido el volumen de su orquesta y el calor ya empieza a notarse. Diciembre sigue su curso, pero hoy mi «máquina de pensar» ha llegado a una conclusión: los regalos más valiosos no pasan por ninguna chimenea; nacen en el pesebre del corazón de cada uno cuando decidimos, de una vez por todas, amar un poco más y juzgar un poco menos.
Feliz elección. Feliz Navidad.

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