
En una sociedad que reclama constantemente mejoras en los servicios y mayor inversión en infraestructura, a veces la noticia no es lo que el Estado hace, sino lo que una parte de la ciudadanía deshace.
Ayer, la postal en la calle Saenz Peña al 800 era de progreso: contenedores de basura nuevos, flamantes, financiados con el esfuerzo de los contribuyentes para mejorar la higiene urbana de la zona. Sin embargo, la alegría duró menos que un cambio de turno. Para la tarde, el verde impecable ya había sido tapado por el negro del aerosol.
La secuencia es tan veloz como desoladora. Por la mañana se instalan; por la tarde se vandalizan. No hubo tiempo siquiera para que los vecinos se acostumbraran a su presencia antes de que el «grafiti» —si es que se puede llamar así a un acto de daño gratuito— marcara el territorio de la desidia.
Ante esta situación, un funcionario local manifestó su impotencia con una frase que resume el sentir de muchos:
«Estos contenedores se pusieron hoy a la mañana. A la tarde ya estaban pintados. Saenz Peña al 800. Que difícil todo.»
Ese «qué difícil todo» no es solo un lamento por un contenedor arruinado; es la expresión del desgaste que genera intentar construir algo positivo en un entorno donde el sentido de pertenencia parece haberse extraviado.
¿Por qué dañamos lo que es de todos? El contenedor no le pertenece «al Gobierno», nos pertenece a nosotros. Su función es evitar enfermedades, mantener la calle limpia y facilitar la recolección. Vandalizarlo es, en última instancia, un acto de autoboicot.
El desafío no es solo comprar más contenedores o mejorar la vigilancia; el verdadero reto es cultural. Si como sociedad no logramos entender que el espacio público es la extensión de nuestro propio patio, seguiremos atrapados en un círculo donde el progreso es constantemente saboteado por la falta de respeto.
El aerosol se puede limpiar, pero la actitud de quienes desprecian lo común requiere una cura mucho más profunda: el compromiso ciudadano