LA PASCUA DEL AGUANTE


El domingo en Villa Gobernador Gálvez no trae el silencio de otras ciudades; se escucha ese zumbido constante, una mezcla de escapes de motos y gritos de gente trasnochada, mientras un viento de otoño arrastra el polvo, papeles y plásticos de las calles de tierra y en las pavimentadas.
Persiste aún ya clareado, el eco lejano de algún equipo de música que le gana al repique de la campana de la Iglesia Antigua.
​Para muchos, la Pascua aquí no se anuncia con huevos de chocolate envueltos en papeles brillantes, sino con el olor a humo de una falda o marucha, que apenas unos pocos pueden costear, o con el aroma a empanadas fritas en grasa que alguna vecina estira para que rinda entre los muchos hijos y nietos que tiene en su corazón.
Es una Pascua de resistencia, no de manual.
​En los barrios, el «mensaje» de la resurrección se lee de otra forma. No es una metáfora mística; es el pibe que logra esquivar una bala, es el abuelo que camina con su silla de plástico hasta la vereda para ver si la tarde le regala un poco de paz. La «idiosincrasia» de V.G.G. es pragmática: aquí se celebra estar vivos, un año más, un domingo más.
​En la plaza principal, la ceremonia oficial cumple con el rito, pero la verdadera procesión sucede en las paradas de colectivo o en los comedores comunitarios, donde la «vida nueva» se pelea palmo a palmo contra la desidia. No hay grandes mesas largas de postal; hay mesas de fórmica donde el pan se comparte rápido, con el oído atento a la calle, porque la realidad de la ciudad no se toma feriados.
​La Pascua en Villa Gobernador Gálvez es una esperanza curtida, casi terca. Es la fe del que sabe que el lunes hay que volver a subir al colectivo, al auto, la moto o la bicicleta para ir a laburar, o volver a tirar del carro a pie o a caballo para salir a cartonear, y el rito casi instalado en la tardenoche de buscar en los contenedores algo que calle ese hambre de todos los días que duele tanto, antes que la ciudad se duerma de nuevo entre el humo y el olvido. Es el mensaje silencioso de un pueblo que, aunque le digan que nada sucede, sigue abriendo sus ventanas cada mañana, como si cada amanecer fuera, en sí mismo, un pequeño e invisible milagro de resurrección.

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