

Por Arturo Mingolo
Cada 20 de junio, la Argentina recuerda a Manuel Belgrano, creador de la bandera y uno de los padres intelectuales de la Nación. Sin embargo, el homenaje suele quedarse en la superficie: la escarapela, el acto escolar, la evocación patriótica. Mucho menos frecuente es preguntarse qué pensaría Belgrano frente al país actual y, particularmente, frente a las ideas que impulsa el presidente Javier Milei.
Cada 20 de junio abundan los discursos solemnes, las banderas flameando y las referencias obligadas a Manuel Belgrano. Lo que escasea es la honestidad intelectual.
Belgrano no era libertario porque creía en un Estado activo, capaz de impulsar la producción, fomentar la industria, proteger el trabajo nacional y garantizar la educación pública. Tampoco lo era porque entendía que la riqueza de una nación no surge de la especulación financiera ni de la adoración del mercado, sino del esfuerzo de quienes producen, trabajan y agregan valor.
Mientras Milei proclama que el Estado es una organización criminal, Belgrano dedicó su vida a construir uno. Mientras el Presidente predica la retirada estatal, Belgrano reclamaba escuelas, caminos, puertos, incentivos productivos y políticas de desarrollo. Mientras el actual gobierno coloca al mercado en el centro de todas las respuestas, Belgrano colocaba a la Nación.
Belgrano comprendía algo que muchos dirigentes contemporáneos parecen haber olvidado: ningún país se desarrolla resignándose a ser una simple factoría exportadora. Por eso defendía la industria naciente, promovía la capacitación técnica y advertía sobre los riesgos de una economía dependiente de intereses extranjeros. Resulta difícil imaginar al prócer celebrando que el cierre de fábricas sea considerado un efecto natural y deseable del mercado. Más difícil aún imaginarlo aplaudiendo la destrucción de capacidades productivas construidas durante décadas en nombre de una supuesta eficiencia económica.
Tampoco parece compatible con su pensamiento la idea de que la educación, la ciencia o la cultura deban sobrevivir exclusivamente bajo las reglas de la rentabilidad. Belgrano donó dinero propio para fundar escuelas cuando la Argentina todavía ni siquiera existía como nación organizada. Entendía que educar no era un gasto. Era una inversión estratégica.
Belgrano no fue un revolucionario para reemplazar el poder de una corona por el poder absoluto del mercado. Fue un revolucionario para construir una patria y una patria, para él, era mucho más que el equilibrio de una planilla de Excel,era producción, educación, movilidad social, soberanía económica y sentido colectivo. Conceptos que hoy parecen antiguos para quienes miden el éxito de una nación únicamente por la velocidad con la que se ajusta el gasto público.
Claro que Belgrano tampoco habría defendido la corrupción, los privilegios de la política ni el despilfarro estatal. Pero combatir esos males no implica dinamitar las herramientas que permiten construir un país más justo y desarrollado.
La bandera que creó no fue pensada para cubrir un mercado. Fue pensada para cobijar una Nación.