Quien no esté dispuesto a leer un relato nostálgico, también algo trillado, puede abandonar ya mismo esta lectura. No es una advertencia de mal tono, un intento de fijar soberbia posición. Es simplemente así. Esto es casi una confesión amarga.
Como digo al principio, Pascuas eran las de antes. Por empezar hacia más frío, sin dudas no tenemos el mismo clima. Tampoco es igual el clima social. Antes predominaba el silencio.
Desde el mediodía del jueves hasta entrado el sábado – por lo menos -. Los negocios cerraban, la gente solo andaba por las calles para llegarse a la iglesia. Las viejas se vestían un poco más de negro. La radio – sí, “la radio”, no “las radios,” en plural – pasaba música sacra. No había cines. Y si los había daban lo que los chicos llamábamos, no sin certeza, “la Pasión”. La pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo.
De allí viene el dicho, ya en desuso, “esa película es más mala que la Pasión”. Verdaderamente eran películas pésimas, casi risueñas, grotescas. Vaya a saber de dónde sacaban esos guiones, esas puestas, esos actores. Se me hace que eran de España, hijos aturdidos del peor franquismo. Si hay algo peor que el franquismo mismo.
La cosa era que había que representar, casi a la fuerza claro, la tristeza, la culpa y el arrepentimiento. Eran días de contrición, también de una posible salvación. Particularmente a mí me resultaba complicado transitar esos días. No comíamos “carne”, no había tan buen pescado, la rosca tradicional descansaba en el aparador del comedor esperando el almuerzo del domingo. Allí ya se podría comerla. La empanada gallega no me gustaba, no soportaba demasiado el fuerte olor de las sardinas (creo que se llamaban Nereida). Las empanadas de vigilia sí, me gustaban. Pero tenían que ser de verdura, disfrutaba su masa hojaldrada, mantecosa, con un poco de azúcar.
Pero lo que más me amenazaba era sentirme en pecado mortal. Y lo peor, peor por lejos, era que en el supuesto caso de llegar a confesarme para tomar la comunión, no sabía cómo decirle al cura que me había “tocado”. Qué simple, qué simple palabra me faltaba! Tocado!, nada más que “tocado”. En mi historial creo que no tengo más que tres o cuatro comuniones, contando la inicial. Pajas, no tengan dudas, llevo un montón. La palabra masturbación, no digamos coger, la aprendí recién cuando entré a la secundaria. Lo mismo me sigue dando cierta vergüenza (ese sentimiento tan poco practicado hoy).
Mis contemporáneos deben haber vivido esto diferente. Seguro. Pero en algo debemos parecernos. No pretendo que me acompañen con sinceramientos, mucho menos en cuanto de cuestiones onanistas se trate.
Pero voy al final de la cuestión. Ahora es muy distinto. Antes éramos muy neuróticos. Ahora no, para nada. Todo es estridencia. Estas son Pascuas distintas. Son para la diversión organizada, para visitar shoppings, para viajar a diferentes destinos. Son para gozar como tarados, como en todo goce loco. En estos días se puede despotricar por las libertades, por la república, por la corrupción. Aunque uno se cague en la Patria, en el País, en la Nación.
Son días para “escaparse” al mar, a las sierras, donde sea. La ruta 2 está atestada en este momento. Plena de testas secas que van a ver si el lunes o martes, mas tardar en una semanita, tenemos a los muertos tirados por las calles. En nombre del sagrado derecho de la estulticia. De qué carajo se escapan?
Sí, desde hace mucho, las Pascuas son psicóticas. Por lo menos. Ya no hay culpa ni redención. Tampoco pajas, posiblemente tampoco se coja ( según el significado tierno de la palabra). Estos son tiempos de destitución, de precariedad. La mejor palabra, la más justa, es infortunio.
Hablar del Sábado de Gloria, del Domingo de Resurrección, resulta difícil. O por lo menos, hoy no me animo.


