


Crónicas de un día gris
Por Arturo Mingolo
Feriado largo, cielo gris, billetera flaca estamos casi a fin de mes, igual mucho no importa estamos confinados por esta pandemia, ¿adónde voy a ir?, debo agudizar la imaginación y el ingenio, para no morirme en una aburrida monotonía de volver a mirar películas cuyos finales me los sé de memoria, o de caer en el error de ponerme a acomodar papeles y documentos en mi escritorio o ropero, tarea que hace rato tendría que haberla hecho y nunca lo hago.
Dicen que “ha confesión de partes, relevo de pruebas”, pero tengo mis explicaciones, soy un nostálgico compulsivo y a la hora de decidir ¿esto lo tiro o lo guardo?, me gana la manía de conservar los recuerdos, y en un desesperado intento por salvarlos de un nuevo orden, los empujo con fuerza para que vuelvan a quedar donde estaban, alterando su geometría en los espacios y resigno para otra oportunidad, la acción de dejar todo hecho un “chiche”.
De repente cuando cierro la última puerta y me preparo para buscar algo menos riesgoso que tirar los recuerdos, una foto en el suelo me observa desafiando mi memoria, ¿de dónde te conozco pensé?…
La evocación se abrió paso y me vi en un domingo igual, gastando el vil metal en el combustible, que me alejaría del letargo que de seguro me atraparía si me quedaba entre las cuatro paredes de mi mansión villagalvenses, como lo hace hoy, estando confinado. Ese domingo cargadas mis alforjas de vituallas para afrontar el día (termo, yerba y pasta frola), puse proa al sur mi nave por la 33 sin rumbo fijo, algo que es mejor que nada encontraría, un cartel que rezaba Melincué 117 km. despertó mi desconocido espíritu rutero y lo elegí como destino, de todas maneras, cualquiera daba igual,
Recuerdo que cuando llegué me sentí extrañamente atraído por el lugar, una inmensa laguna que daba la sensación de querer cubrirlo todo y sus aguas golpeaban los viejos palos de quebracho, de un lado y de otro, que trataban de contenerla, y mantener transitable un viejo camino que conducía hacia una derruida edificación que se veía a lo lejos, pero que paradójicamente conservaba entre musgos, grafitis y olvidos un tácito orgullo de haber pertenecido al círculo de las cosas emblemáticas, yo había llegado al mítico Hotel Balneario, donde alrededor de quince mil personas por fines de semana visitaban la zona y proliferaban los bailes, las parrillas y los bares, cerré los ojos tratando de imaginarme el relato entusiasmado de un anciano lugareño al que le había preguntado y me remontó a otras épocas donde familias enteras disfrutaban de sus playas y sus aguas, los visitantes venían de todos lados, la laguna era un especie de Cocoon del pasado.
La narración me había movilizado lo suficiente la curiosidad como para averiguar más sobre el tema y fue así como me enteré que un fatídico mes de marzo de 1975 llegaron aguas de otros lares, que sumadas a copiosas lluvias y recios vientos, lo cubrieron todo y la magia del lugar se refugió en el olvido y viejas publicaciones daban cuenta, que el Hotel Balneario había sufrido la primera inundación en 1941 y había estado cerrado por 20 años, tenía 17 habitaciones en cada una de sus dos plantas…
Era la hora del regreso, alguna gaviota revolotea en el gris cielo, mientras un tero picoteaba insectos en la orilla y tres pirinchas parecían estar posando en el alambrado esperando que una mediática foto termine con sus anonimatos y las eleve junto al paisaje a la otrora época de esplendor, la del Hotel Balneario de Melincué.
Hoy es un domingo de confinamiento, no debo ni puedo salir a “girar” como tanto me gusta, sin embargo, me di cuenta cuánta razón tenía Albert Einstein cuando dijo «La imaginación es más importante que el conocimiento. El conocimiento es limitado. La imaginación rodea el mundo».
Con imaginación me liberé del confinamiento y lo voy a volver a hacer cuantas veces pueda, ojalá este relato te sirva para liberarte, aunque sea por un rato también