

Lo que se está viendo en las calles de todo el país tras la partida del Indio no es un fenómeno de fans comunes; es un hecho sociológico que marca el fin de una era.
Logró sentar en la misma mesa (y en el mismo pogo) a todas las realidades de una Argentina fragmentada.
Sus letras fueron el refugio y el sentido de pertenencia frente a las crisis cíclicas.
La gente en la calle reivindica su bandera histórica: la autogestión y el no haber transado jamás con el poder corporativo.
Inventó una poética críptica. Frases como «violencia es mentir» o «el futuro llegó hace rato» dejaron de ser canciones para ser grafitis, tatuajes y verdades populares.
Transformó el vivo en Argentina, llevando el rock de los teatros a los estadios y autódromos, inventando una ingeniería de masas irrepetible.
Como pasó con Spinetta, Cerati o Maradona, el país se frena porque se despide una parte de nuestra propia historia. Ya no pertenece al presente; ahora es patrimonio eterno.
El dolor se asocia… ¡Buen viaje, Indio!