AMISTADES INCONDICIONALES

Por Cecilia Zunzunegui

Sólo tuve que verte para saber que me necesitabas. Tan sólo estabas que me abriste las puertas de tu morada. Satisficiste mis famélicas necesidades troceando tu escaso manjar para compartirlo conmigo. Así te ganaste mi ilimitado respeto y adoración. Tu lecho angosto e incómodo me hizo de techo en las noches heladas, pero bastaba tu sola presencia para que mi cuerpo se entibiara. Con un gesto tuyo mi cola dirigía el meneo pendulante de mi alegría. Esperaba tus órdenes como un devoto fiel venera a su santo, de cuclillas. Si pudiera hablarte, amigo mío, si pudiera decirte que una palmada tuya fue suficiente para idolatrarte de por vida. Si pudieras escucharme, amigo mío, te contaría mi incondicional lealtad hacia ti. Si pudieras verme, amigo mío, no te sentirías tan solo, porque estoy echado sobre tu tumba.

Entradas relacionadas

Deja tu comentario