A propósito de las vacunas

UN PARALELO ENTRE LA INMUNOLOGÍA Y LA LINGÜÍSTICA

Por Roberto César Frenquelli

Hace muchos años, tal vez más cuarenta, cuando todavía no estaba tan en boga cierto lenguaje, leí en la Revista Medicina un artículo de la Doctora Christiane Dosne Pasqualini. Llevaba el título que he elegido para esta reflexión. Se centraba, con toda la rigurosidad que era característica de esta eminente médica francesa que terminó siendo argentina, en un elegante juego entre los desarrollos de Ferdinand de Saussure y Neils Jerne. Este último, por cierto el menos conocido, fue premio Nobel junto a nuestro César Milstein, en 1984, por el hallazgo de los anticuerpos monoclonales.
Pascualini encuentra que tanto el lenguaje como la inmunología se basan en un sistema en red, con múltiples interacciones recíprocas, que sostienen estructuras fantásticas – pero no menos “reales” – en combinatorias que llevan adelante todo el suceder de nuestro vivir. Para bien, para mal; ya se sabe, la finalidad de lo viviente no es otra cosa que “seguir siendo”, donde el propósito no es otra cosa que la vida misma. Pues el sistema inmune, como el lenguaje, no carece de tropiezos, como malentendidos y otras derivaciones que podríamos llamar imprevisibles o no deseadas. En este punto, ese refinado instrumento característico de lo humano – el lenguaje – no difiere visto como estructura casi en nada de este otro – el inmunológico – biológico puramente concebido. Como dice un admirado amigo, toda la vida es “compleja, contradictoria y cambiante” – en todos sus niveles de organización material.
Mucho más atrás en el tiempo, cuando estaba terminando mi carrera de médico, solía quedar sorprendido ante las clasificaciones de las llamadas formas clínicas de las enfermedades, en especial las infecciosas. Nuestra vieja tradición medica francesa, abandonada hoy en día – a favor de la concepción estadounidense, pragmatista eficientista, de pobre léxico y alcances antropológicos – nos ha ido conduciendo a hablar en un torpe dialecto cocoliche. Por eso se ha impuesto la palabra stress, que aún en su versión castellana, estrés, no deja de ser un pobrísimo sustituto de bellas expresiones como angustia o ansiedad. Pues el stress no es otra cosa que una descripción del plano fisiológico que en lo psicosocial debe entenderse como malestar. Aquí se rompe, de mala manera, el paralelismo. Más bien se escamotea la verdadera significación. Stress no es lo mismo que angustia. Es una palabra plana, que lleva a otros caminos que nos alejan de la verdad. Usada de esta manera es una palabra tipo “fast food”.
Lo lamentable es que con tontas expresiones que se van ganando galopantemente lugares entre los supuestamente académicos. Pero eso sí, hablan en inglés. Lo que parece el único pasaporte a los pensamientos rigurosos. Haciendo lugar a aquella sabia canción del folklore:
– ¿Hola Negro!
– ¿Que hací varón?,
¿ Pa ande vai?
– Me voy pa James Crai
– Che que bien que lo pronuniciai
se ve que sabí inglés,
Se ve que lo dominai…
Los franceses hablaban con otro espesor, con otra trama. Donde lo refinado no era mero rococó sino una excelente manera de describir las diferencias que son inmanentes a la vida. Pues la vida es diferencia sobre diferencia. Lo que implica la dura tarea de soportarlas.
Así es que relataban, por ejemplo, en un sarampión o una neumonía, diversas variantes. Formas comunes, completas; formas abortivas, frustras, atenuadas, solapadas; también por supuesto formas agudas, crónicas, hiperagudas, sobreagudas. No faltaban otros adjetivos como “sobrepasadas”, “larvadas”, “inaparentes”, “fulminantes”, “encubiertas”. Y muchas otras que no quiero enunciar en pos de cierta claridad de mi escrito. O bien porque no me las acuerdo exactamente. Lo cierto es que esos extraordinarios médicos, que tanto sabían de endemias, epidemias, pandemias y toda clase de estragos (como el cólera, la fiebre amarilla, la fiebre tifoidea, la parálisis infantil, la difteria, el tétano, la peste bubónica, etc.), entendían que las “palabras” que mediaban en ese universo compartido entre bacterias, virus, hongos, parásitos y humanos se daban diferentes modos de expresión. Diferentes puestas en forma que solemos llamar enfermedades, condición que suele oponerse a salud por convención. Pues se sabe, salud y enfermedad son diferentes formas de la vida, estableciendo un continuo difícil de discriminar. Y por supuesto, donde es también difícil separar de la muerte. Nada se da por separado: microorganismos y humanos, individuos y especies, vida y muerte. “Morir de vida, vivir de muerte” es un antiguo lema ciertamente vigente.
Incluso, nuestros antiguos colegas, sabían esto aparentemente tan actual de la “tormenta de citoquinas”, de la temible “respuesta inflamatoria sistémica”. Todavía no habían entrado en comprensión intima de ciertas cuestiones psicofisiopatológicas (no conocían cabalmente sobre células inmunocompetentes, de anticuerpos, de citoquinas, sobre ácidos nucleicos). Pero captaban el todo. Y de ese modo ubicaban mejor las partes. Se esforzaban describiendo, garrapateando en el lenguaje, luchando para inteligir los niveles más elementales de integración.
No todo es el equilibrio discreto, parcial, de un cierto equilibrio llamado técnicamente homeostasis. La vida, toda nuestra existencia, no está en nuestras manos. El hombre tiende, con todo derecho, a usar su imaginación creativa. Pero siempre en cuotas razonables, parcelares, discretas.
Sabían que las respuestas con sus efectos sobre ambos componentes de la ecuación etiológica eran muy diferentes. El bacilo de Koch produce muy diferentes tuberculosis humanas. Lo mismo con el treponema de Schaudinn para el caso de la sífilis, la enfermedad de los pecadores. Hablaban de causas necesarias y suficientes, pues leían a los griegos. Por el mismo motivo hablaban de agente y de terreno, conocían la dialéctica. Claude Bernard, el padre de la fisiología, estudio teatro antes de medicina. Por eso podía, entre otras razones, discutirle a Koch que suponía que al bacilo no le hacía falta otra cosa para producir esputos sanguinolentos y cavernas en los pulmones. Parece que al morir, Koch, terminó diciéndole a su rival que tenía razón, que a su teoría le faltaba el lugar donde proliferaría su tan querido descubrimiento. Admitió la ineludible interacción de las partes en el concierto de la biosfera (esto es lo mismo que decir que no hay nada sobre la faz de la Tierra que no esté vinculada a todas y cada una de las cosas: el aire, el viento, las aguas, las costas, los pastos, los árboles, los pájaros, los que corren a la vera de los ríos en una calurosa tarde de verano, los que ríen, los que tratan de arreglar el mundo en las procesiones, los parásitos de toda clase…). Supieron advertir la existencia de dos redes – digamos de dos códigos en diferentes puestas en formas materiales – en paralelo e interacción.
Se podría decir que nada existe si no es en relación. No hay bacilo sin un cuerpo humano que lo aloje, no hay locura sin familia. Y no hay familia sin sociedad. No hay nada sin esta ida y vuelta. Y lo mismo decimos de los efectos que se padecen. Sabían sobre emociones.
Es ahora, por fin para quien se haya animado a seguirme hasta aquí, cuando me pongo bien cerca del destino actual de estas palabras. Se escucha decir “¡para que me he vacunado si me enfermé igual? Bueno, ya podemos armar una respuesta con estos elementos que abigarradamente he expuesto. No porque creamos que esto es palabra santa. Es palabra de un sistema capaz de cambiar, revisando continuamente sus inconsistencias. Es la palabra de la ciencia (que siempre es palabra). Tan atacada arteramente en este tiempo. Ella nos dice que hemos tratado de interferir en la “red semántica, sintáctica y pragmática” de la inmunidad. Dicho de otra manera, en la red de las grandes conversaciones entre los elementos de la vida. Con la esperanza que tuvo Jenner, aquel médico rural que se animó a raspar la piel de un niño con pus extraído de lesiones en las manos de una mujer que ordeñaba vacas con viruela. Se conocía que quienes ordeñaban esas vacas no contraían la viruela humana. Una enfermedad que mataba poblaciones enteras en un santiamén. Jenner usó su imaginación y su valentía. Descubrió las vacunas. Y logró, en un pequeño pedazo de lo magno de la existencia, un resultado que tomamos provisoriamente como positivo. No somos necios. Tal vez haya algo mejor. Por ahora no parece. Como pasa con la insulina, como pasa con los hipotensores, como pasa con los monoclonales. A nadie se le ocurriría – salvo en el trágico encierro de los delirios místicos – negarle insulina a un chico, bajarle la presión a un cardiópata, dejar morir inútilmente a un portador de una severa enfermedad de la sangre.
Si un señor se va a vacunar con la Pfizer – que hasta su ayer era consideraba un adorable objeto de su deseo por el “primer mundo” – , y no le va bien, sufriendo una reacción febril de algo más de cuarenta y ocho horas, habrá que pensar en su terreno, en su sensibilidad particular, en cierta predisposición (o diátesis, como decían los maestros decimonónicos). Ese punto inescrutable del impacto entre la sustancia inyectada y la red inmune. Algo imposible de saber hoy con certeza. Porque todos somos diferentes en cierta uniformidad. Aunque sí sepamos que esto que sucede es de escaso peligro para su vida, es muy ventajoso para sus defensas. Pues como pasó con Jenner y su niño, se han acumulado suficientes observaciones en favor (la ausencia de viruela humana en los ordeñadores de Inglaterra era un hecho conocido desde algunas centurias antes de los fines del siglo XVIII).
Si una señorita estando vacunada con “la china – no Suarez” contrae Covid en una salida “pret a porter” por Paseo Pellegrini, donde ha compartido alegremente un par de birras con sus “amigues”, podemos pensar que afortunadamente no ha hecho una enfermedad severa. Ha enfermado seguramente. Pero no fue a parar a terapia intensiva. Ha hecho una forma atenuada. Pero igual se enoja, pues ella no debería haber pasado por semejante trámite que obstruye su determinismo supuestamente libre e ideal.
Volvemos entonces al tema del lenguaje. Pues los humanos, en definitiva, casi pensamos exactamente como hablamos. Pensamos en una red que necesita permanente consenso. Si no encontramos las palabras quedamos inermes, ignorantes ante el caos de lo Real. Las palabras, aquellas de los viejos maestros, nos alejan de las paranoias y otras sandeces. Las palabras amortiguan la dura realidad, no sustituyéndola en forma delirante, sino dándole forma a lo inmenso de la realidad. Por ahora, recostarnos en una versión que armonice la biología y la cultura, siempre en dialogo sereno, parece ser la mejor manera de enfrentar esta calamidad que vivimos. Encontrando palabras que no sean vacías, o lo que es peor, llenas de odios y sin razones. Es cierto que en el plano simbólico todo puede volver a ser reconsiderado, incluyendo por supuesto, casi en primer lugar, el siniestro mundo del capitalismo salvaje que se ha apropiado de las producciones farmacéuticas. En épocas de Jenner la ciencia no tenía gran predicamento. La gente era más simple, desconfiaba menos. Los pares de Jenner, como también pasó con otros grandes médicos, se reían de sus invenciones. Fueron los hombres simples que vieron como sus hijos podía sobrevivir ante los flagelos de las enfermedades “malditas”.
Los supuestos científicos querían mantener su poder a toda costa.
En cambio ahora se desconfía de la ciencia. Pero no es bueno tirar el agua sucia junto al bebé. Milstein, ese hombre nuestro expulsado por el horrible Onganía, logró una alteración positiva de las células inmunitarias que permite curar un linfoma, enfermedad intratable hasta hace alrededor de treinta años. Las verdades de Milstein, como las de otros científicos son transitorias. No son religión, no son verdades para hoy y para siempre. Son palabras, que tienen peso, que ejercen acciones de corte reflexivo. Siempre en consenso, en respeto de las posturas del otro. Lejos de las interpretaciones reaccionarias, facciosas, fanáticas. De efectos balsámicos en todos los niveles de lo viviente. En apretada síntesis, cuidando nuestras palabras mejoraremos nuestra inmunidad. Y viceversa. Será cuando “Pateando sapos” encontrará el destino honroso de una sátira nacional divertida e inocente.

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