El Pecado Original de Nuestra Historia
Por Arturo Mingolo
La verdadera historia nos dice que en 1810 el imperio español se caía a pedazos. Y en medio de ese río revuelto, lo que se debatió en el Cabildo de Buenos Aires no fue un consenso poético; fue una puja de intereses feroces. Una élite criolla, culta y con los bolsillos llenos, vio la oportunidad de heredar el poder de la Corona.
Seamos honestos de una buena vez: nuestra Revolución nació concentrada. Nació en el puerto, por el puerto y para el puerto. El debate de fondo no era la libertad abstracta de los pueblos; era si el negocio de los cueros y el tasajo se lo quedaba el monopolio español o los hacendados de Buenos Aires.
Es verdad, echamos al Virrey. Tuvimos la lucidez de Moreno, el coraje de Belgrano, la entrega de Castelli. Pero en ese mismo parto, nacieron las dos Argentinas que todavía hoy no pueden reconciliarse:
La de Mariano Moreno, que exigía un orden democrático real, basado en la educación popular y la soberanía del pueblo.
Y la de las fuerzas conservadoras, que solo querían cambiar el color de la bandera para quedarse con los mismos privilegios, los mismos negocios y el mismo sometimiento de las mayorías.
El historiador José Luis Romero lo dejó escrito con una claridad que asusta: la élite porteña usó a las masas rurales del interior para ganar la guerra, pero cuando el pueblo llegó, la puerta ya estaba cerrada con llave. El sistema estaba diseñado para los dueños de las vacas y del puerto. Y ahí, compañeras y compañeros, empezó el duelo que todavía no pudimos cerrar: el duelo entre la periferia y el centro, entre la élite y el pueblo.
La Misma Grieta, Dos Siglos Después
Este análisis no es nostalgia, es el mapa de la injusticia actual. No es casualidad que en pleno siglo XXI sigamos sufriendo un país macrocefálico, donde el interior produce la riqueza y Buenos Aires la timbea.
Esa desconexión colonial la vemos todos los días:
Cuando el que tiene hambre sale a la calle a pelear por un plato de comida se lo criminaliza como a un delincuente, pero cuando los sectores acomodados defienden sus privilegios, se los aplaude como a héroes republicanos.
Los ideales de «Libertad, Igualdad y Fraternidad» se transformaron en la demagogia barata de una dirigencia que ve a la política como un negocio corporativo. Hoy, igual que en 1810, los grandes capitales financieros manejan las riendas del país mientras las familias trabajadoras miran la fiesta desde afuera.
El Mandato del Presente
La Revolución de Mayo no es un monumento de bronce para ir a llevarle flores una vez al año. Es una tarea inconclusa. Es un hito que nos dejó una deuda interna que sangra todos los días. El proyecto de país no puede seguir siendo el comité de administración de un sector concentrado.
A nosotros nos toca saldar esa deuda. Nos toca transformar el grito de 1810 en soberanía real. No va a haber verdadera independencia hasta que construyamos un federalismo efectivo, donde el destino de un argentino valga lo mismo en el rincón más postergado de nuestra tierra que en las oficinas del puerto de Buenos Aires.
Basta de la Patria para pocos. Es hora de refundar la Patria de todos.

