


Una confesión arriesgada.
Mi Síndrome de Cotard.
Creo que hay momentos de la vida en los que uno inexorablemente debe sincerarse. Esta madrugada he recibido el campanazo anunciador. O tal vez no ha sido efecto de la simple rotación de la Tierra, ha sido también la fragilidad de mi sueño. Es decir, mi declinación neuronal junto al giro astral me llevan a este lugar de mi pobre y desvaido espíritu. Pero no menos entusiasta, si se quiere inocente.
Vengo, por voluntad propia, en total posesión de mis flacas facultades mentales, a confesarles mi Síndrome de Cotard. Ni más ni menos.
En honor a la justicia debería decir, simplemente, mi Cotard. Pues el calificativo de síndrome no me resulta justo, menos el de enfermedad. Entre tantas cosas que quiero febrilmente decir, una, tal vez la principal, es que pienso que todos tenemos un Cotard propio.
Aclaró rápidamente. Cotard ha sido uno de los pensadores más inteligentes y sensibles de la humanidad. No tengan dudas, no se dejen engañar por sibilinos arrullos racionalistas. A la sazón psiquiatra, describió el delirio del fin del mundo, habitualmente prolongado en una fase megalomaníaca tan necesaria como cierta.
Cómo podrán advertir la cosa viene pesada. Y ya mismo sería buen momento para abandonar esta lectura para todo aquel hombre, mujer o lo que fuera o fuese, que dotado de una buena dosis de inútil cordura, quiera seguir tranquilo su no menos inútil día.
No quiero ofender a nadie. Hoy estoy particularmente saludable, generoso y rampante como para ser amplio, poco fanático y absolutista. Ya verán los aventurados que me sigan, reconociéndome en algo como Zaratustra. Ese que en serio – no como yo, burdo imitador – no quiso ser ni pastor ni sepulturero.
Y es el momento de introducir (con el perdón de mis más brutas mociones inconscientes) mi tesis fundamental. Casi una revelación, una vivencia también delirante, pero primaria. Con lo que traigo a otro santo de la psiquiatría, nada menos que a Jaspers. Cotard y Jaspers, qué flor de ala izquierda de algún campeón del fobal de los gloriosos años de Alumni, cuando el fobal era verdaderamente fobal. No como ahora, que es un guiñapo retorcido y maloliente.
No sin antes recordarle la enseñanza de otro pensador del mismo palo, el Freud de “Construcciones…” que dejó establecido que todo delirio es cosa muy atendible en tanto siempre tiene un grano de verdad. Con semejantes compañías, verán que no soy tan loco como parezco.
Justamente, voy al grano entonces. Quiero decirles que el estado de cuarentena, precisamente en este punto actual, merecedor del adjetivo “administrada” es la verdadera dictadura del proletariado. Nada más, ni nada menos. La ocasión de cambiar, fuera de edulcoradas promesas.
Ruégoles mantener la respiración. Tengan un instante de grandeza y paciencia, esto no es un chiste, ni una operación política ni un ejercicio literario para algún taller de los tantos. Siempre estoy hablando con todo respeto, a no dudarlo.
Permítaseme explicar y explicarme. Si sostenemos la cuarentena lograremos gastar menos nafta, habrá menos polución de toda clase, se caminará más, se fundirán las petroleras, las putas 4×4 Irán a oxidarse a los corralones, morirán menos motociclistas.
Además se irá menos al médico para “hacerse” chequeos inservibles, para estudios caros por dolencias imaginarias y operaciones que pueden esperar, lo mismo que controles inservibles por indicaciones indignas. Los médicos tendrán que revisar mejor (las tetas, la tiroides, el corazón, los pulsos fiscales, las conjuntivas, todo). Tendrán que escuchar, simplemente, sin decir casi nada. La medicina dejará de ser de oferta, como en los negocios de los shoppings.
Los chicos se quedarán más en sus casas. Muchos colegios pagos se fundirán, lo mismo que las universidades protestantes, católicas, polacas, de los empresarios y los sindicatos. Habrá menos tongos y entenados entongados. La educación primaria volverá a empezar a los seis años, por ejemplo; los pibes aprenderán a leer y escribir con sus padres, amasarán el pan en el mármol de sus cocinas, jugarán al doctor con sus primitos con lo que serán menos chanchos en el futuro.
No sé si van entendiendo. Sigo, si me siguen. Y si no, sigo igual. Ya estoy jugado.
Compraremos menos ropa. Usaremos la de siempre, lavada y, si se quiere, planchada. En casa, por supuesto. Se volverá a poner de moda el zapatero remendón y las costureras de barrio. Actualizaremos viejos oficios. Se venderá locro, empanadas, canelones, siempre hechos y traídos a casa por vecinos. Seremos más pobres, pero trabajadores y algo más honestos.
Iremos a caminar. Cómo no habrá gimnasios habrá menos patovicas, lo que resultará en menos asesinatos de chicos incautos. A propósito, irán desapareciendo las previas de los adolescentes – futuros asesinos drogados al mando de un “killer car” – , tendremos menos infecciones por VIH y los tatuajes perderán fama. Retornará cierta elegancia mal postergada.
El amor volverá a practicarse en los zaguanes con poca luz, en los asaltos caseros y en furtivas escapadas a las plazas. La gente recuperará el deseo tras cierta privación oportunamente instituida. Se prohibirá la venta de profilácticos importados, lo mismo que sus nombres. Los repartidores se llamarán cadetes, nada más. Los idiomas se aprenderán en serio.
Siguiendo con lo de la dictadura que vislumbro, no habrá más deporte profesional, mejor dicho, no habrán más esas prácticas acumuladoras y generadoras de injusticia. Nadie ganará fortunas inconmensurables ni ayudará a deformar mentes juveniles. Habrá menos “fundaciones” y centros de caridad desvergonzadas, por más que sean para “la infancia de Unicef” o la puta que los parió. Los pobladores jugarán al fobal, al basquet, al rugby, al volley, inclusive al “teto”, pero en los clubes barrio, administrados por padres comedores de asado que tendrán algo de tiempo para tareas comunitarias. Cómo hace unos cien años atrás, más o menos. Cómo se puede notar evitaremos la circulación de los virus de toda clase.
No retrocederemos. Haremos una revolución. Pacífica, aunque queden jirones en el camino. A nadie se le quitará nada. Los empleados públicos, tranquilos, no se les privará de su beca. Seguirán cobrando, total con trabajar el veinticinco por ciento de sus tiempos establecidos, mantendrán sus servicios en tiempo y forma.
Les quedará tiempo para pensar en Cjejov, escuchar a Glen Miller o si quieren. a Los Palmeras, o leer viejas colecciones del “Cabeza fresca”. No se trata de un movimiento elitista ni intelectualoso. Para nada.
Sí, habrá pornografia, pero controlada. Con esto, ya lo dije, la gente tendrá más ensueño y libertad sexual. Será duro al principio, pero dará resultados. Se cogerá algo más, habrá menos violencia.
Para evitar aglomeraciones y gastos inútiles de propaganda no habrá elecciones cada cuatro años. Serán cada veinte años. Los políticos irán muriéndose, no se reemplazarán. La política será un nuevo deporte. Lo mismo que el periodismo de los noticieros y programas de las diez de la noche. En los casos de Tinelli, Susana, Susana, Jorge, Mirta, Joaquin, Víctor Hugo y acólitos menores, se les permita retirarse a sus aposentos nacionales y extranjeros, pudiendo escribir sus pedorras memorias sin ninguna clase de restricción. Haremos cómo se hizo con los escribanos y los registros por herencia, desaparecerán poco a poco y serán reemplazados por previa inscripción, en menos cantidad, mientras que se dará oportunidad a la gente que quiera colaborar “ad honorem”. Este tema, harto delicado, está por verse con más amplitud. No descarto que aquí, en este punto, corra algo de sangre. Algún Trotsky tendremos que tener.
Muchas profesiones innecesarias deberán reconvertirse. Habrá descontento por doquier. Todos, sin excepción, repito todos, tendremos momentos amargos. Nos enfrentaremos a otros horizontes. Eso dará mucho miedo. No será para menos. Pero podremos salvar a nuestra modesta humanidad.
Por muchos años dejaremos de viajar “al exterior”, como tan bobamente se dice. Los matrimonios se tendrán que divertir diferente. En realidad toda la diversión cambiará. En esto seremos implacables. Ya hay promesas de vacacionar en la próxima temporada en nuestro país. Dejaremos de ir a caretear “al Uruguay”. Mujica ya firmó el acuerdo. Lula también. Se podrá viajar “afuera” por razones de índole social, la que sea útil e imprescindible para la nación. Habrá toda clases de vídeos sobre países, se mostrarán las ruinas griegas (o bien otras) y nadie dirá, estando en esos parajes, “qué lástima que está todo roto, es como en nuestro país, nadie cuida”.
Tenemos a la vista algunos logros: las aguas de los arroyos del pago están transparentes. Los niños no se enferman tanto de micos pues no se depositan en las escuelas “ensaladas waldorf o de tomate, cebolla y huevo.
Sin diversión “organizada”, con auténtica educación “activa”, teniendo algo de tiempo, siendo menos pretenciosos y engrupidos, atravesaremos el fin del mundo y se hará cierta esta razonable megalomanía. Nos espera mucho trabajo. Pero no vendrá mal intentarlo.
Delirantes del mundo, uníos!