

Lo ocurrido con las declaraciones de Javier Milei atacando al presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, sobrepasa cualquier límite aceptable dentro de una democracia madura.
Un Presidente de la Nación no se representa a sí mismo ni a su grupo de simpatizantes cuando habla en el exterior: representa al conjunto de los argentinos y al Estado nacional.
Insultar de manera desubicada, agresiva y gratuita al mandatario de nuestro principal socio estratégico no es un acto de valentía ni de «incorrección política». Es una falta de respeto institucional grave, una conducta absolutamente desubicada que degrada la diplomacia y pone en duda la madurez, la templanza y el equilibrio mental necesarios para conducir los destinos de una nación.
Quien ocupa el Sillón de Rivadavia tiene la obligación constitucional y moral de guardar las formas, actuar con mesura y priorizar el bienestar del país por encima de sus impulsos o batallas ideológicas personales.
Argentina es un país plural. Un presidente no puede usar el micrófono internacional para volcar agresiones que avergüenzan a millones de ciudadanos y dañan la imagen exterior del país.
La agresividad sistemática y la incapacidad para mantener un trato institucional respetuoso no solo erosionan las relaciones bilaterales con países hermanos, sino que generan una profunda preocupación sobre la estabilidad y la idoneidad de quien debe tomar las decisiones más importantes de la República.
La democracia exige respeto, templanza e idoneidad. Cuando el agravio reemplaza al razonamiento y el exabrupto se vuelve la norma, lo que se pone en riesgo es el prestigio de toda una Nación.