EL VERDADERO FRENO DE VILLA GOBERNADOR GÁLVEZ: ANOMIA E IGNORANCIA SUPINA


Siempre es fácil mirar hacia el Edificio Municipal o el Concejo y señalar con el dedo. La ineficacia, la desidia y la sospecha de corrupción han sido moneda corriente en las distintas gestiones que pasaron por Villa Gobernador Gálvez. Sin embargo, hay una verdad incómoda que raras veces nos atrevemos a decir de frente: los gobiernos no caen del cielo, son el reflejo exacto de la sociedad que los permite.
La ciudad no está paralizada únicamente por sus malos políticos. Está atascada, fundamentalmente, por dos males profundos que anidan en el corazón de la mayoría de nuestra comunidad: la anomia y la ignorancia supina.
La anomia es la ruptura del contrato social. Es la idea de que «como nadie cumple, yo tampoco cumplo». Se ve en la basura tirada en la esquina del vecino, en el desprecio por las normas de tránsito, en el «sálvese quien pueda» cotidiano. Cuando una ciudad pierde el respeto por sus propias reglas, la convivencia se degrada y la anarquía cotidiana le abre la puerta al abandono institucional.
La ignorancia supina es aún más peligrosa: es la falta de conocimiento unida a la pereza de no querer informarse. Es votar por simpatía o por un favor personal sin exigir jamás una propuesta seria. Es opinar de todo sin saber de nada, y resignar la capacidad crítica a cambio de espejitos de colores en épocas electorales. Quien no conoce sus derechos ni el funcionamiento de sus instituciones, jamás podrá exigir dirigentes a la altura.
La combinación de ambos males es letal. La anomia destruye el tejido social; la ignorancia supina aplaude o calla ante quienes lo saquean.
Podemos cambiar de intendente, de concejales o de color político diez veces más, pero mientras sigamos naturalizando la trampa, el desorden y la falta de compromiso ciudadano, Villa Gobernador Gálvez seguirá condenada a ser la sombra de la potencia que podría ser.
El progreso de una ciudad no empieza en una boleta electoral. Empieza el día que los ciudadanos decidan dejar de ser cómplice por indiferencia.

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